


La mayoría de los procesos de cambio organizacional no fracasan por falta de estrategia, sino por falta de adopción. Los líderes diseñan planes ambiciosos, seleccionan tecnologías innovadoras o definen nuevas estructuras… pero el cambio se queda a medio camino cuando las personas que deben impulsarlo no se sienten preparadas o no comprenden su propósito. En demasiadas ocasiones, la formación llega tarde, se imparte de forma aislada o se limita a lo técnico, dejando de lado la dimensión humana del cambio.
El problema es que, cuando la formación se plantea como una reacción —y no como una parte integral del proceso de transformación—, el aprendizaje se convierte en un ejercicio de cumplimiento, no de crecimiento. La clave está en que la formación sea el catalizador del cambio, no su consecuencia. Un plan formativo bien estructurado puede acelerar la adopción, reforzar la motivación y convertir a los empleados en agentes activos de la transformación.
Para lograrlo, es necesario diseñar programas de formación que acompañen las distintas etapas del cambio, tanto a nivel individual como organizacional. En este sentido, los modelos ADKAR y Kotter ofrecen dos marcos de referencia complementarios para estructurar y secuenciar la formación de forma estratégica. El primero se centra en la experiencia personal del cambio; el segundo, en los pasos organizativos que lo hacen posible.
El modelo ADKAR, desarrollado por Prosci, es una de las metodologías más reconocidas para gestionar el cambio desde la perspectiva del individuo. El acrónimo hace referencia a cinco etapas clave que toda persona atraviesa cuando adopta un cambio: Awareness, Desire, Knowledge, Ability y Reinforcement. Integrar la formación en cada una de estas fases permite acompañar al empleado desde la comprensión del porqué hasta la consolidación del nuevo comportamiento.
El punto de partida de cualquier proceso de cambio es generar conciencia. Antes de enseñar nuevas herramientas o procesos, los empleados deben entender por qué el cambio es necesario. Este primer módulo puede incluir webinars con líderes, cápsulas audiovisuales o sesiones informativas donde se explique el contexto, los objetivos y los beneficios esperados. Cuando las personas comprenden el sentido estratégico del cambio, la resistencia disminuye notablemente.
El conocimiento sin deseo no genera acción. Por eso, el siguiente paso consiste en despertar el interés y el compromiso de los empleados. En esta fase, la formación debe orientarse a lo emocional: storytelling corporativo, sesiones de coaching o dinámicas de vinculación donde cada profesional identifique cómo el cambio puede beneficiar su desarrollo individual o mejorar su día a día. El propósito compartido es la base de una transformación sostenible.
Una vez que existe conciencia y motivación, llega el momento de la formación técnica. Aquí se abordan las competencias concretas que permitirán ejecutar el cambio: nuevos sistemas, metodologías de trabajo, herramientas digitales o procedimientos operativos. Es el tipo de formación más reconocible, pero debe planificarse en sincronía con las fases previas para que tenga verdadero impacto.
Saber no es lo mismo que saber hacer. El cuarto módulo debe enfocarse en la práctica. Las simulaciones de escenarios, el aprendizaje basado en proyectos o el mentoring ayudan a los empleados a aplicar los conocimientos en contextos reales. En esta etapa, el formador actúa como un facilitador que acompaña, corrige y refuerza, más que como un instructor tradicional. Como se detalla en el artículo sobre el papel del mentoring y el coaching en la formación empresarial, este acompañamiento práctico es clave para transformar el conocimiento en habilidad.
Finalmente, el cambio solo se consolida cuando se refuerza en el tiempo. En este último módulo, la formación debe mantener viva la motivación y evitar la recaída en viejos hábitos. Se pueden utilizar programas de microaprendizaje, sesiones de feedback post-implementación o comunidades de práctica donde los empleados compartan avances y buenas prácticas. La formación deja así de ser un evento y se convierte en un proceso continuo.
Mientras que ADKAR pone el foco en la persona, el modelo de John Kotter aborda el cambio desde la organización. Sus ocho pasos describen cómo crear las condiciones, movilizar a la gente y sostener la transformación en el tiempo. Integrar la formación en cada etapa garantiza que el aprendizaje acompañe al proceso de gestión del cambio y no se limite a una fase puntual.
A continuación, se describe cómo mapear los programas de formación con las tres grandes fases del modelo de Kotter: crear el clima, comprometer y habilitar, y sostener el cambio.
El primer paso de Kotter es generar un sentido de urgencia y formar una coalición que lidere el cambio. Aquí, la formación debe dirigirse principalmente a mandos intermedios, directivos y sponsors. Los contenidos deben centrarse en habilidades de liderazgo, comunicación del cambio y sponsorship. Cuando los líderes comunican con claridad y coherencia, el mensaje llega con más fuerza al resto del equipo.
Programas de liderazgo adaptativos, talleres de comunicación estratégica o módulos sobre gestión de la incertidumbre son especialmente útiles en esta fase. Tal como destacamos en nuestro artículo sobre cómo diseñar programas de liderazgo que impulsen la estrategia empresarial, los líderes formados son los principales catalizadores del cambio.
Una vez que la organización está preparada y los líderes alineados, llega el momento de formar al resto de los empleados. En estas etapas, la formación debe abarcar tanto las habilidades técnicas como las soft skills necesarias para adaptarse al nuevo contexto: trabajo colaborativo, gestión del tiempo, resolución de conflictos o comunicación en entornos híbridos. Este es el momento de poner en marcha los módulos de conocimiento y habilidad de ADKAR, creando una sinergia entre ambos modelos.
Además, es importante acompañar la formación con una estrategia de comunicación continua que refuerce los mensajes clave y mantenga la cohesión del grupo durante la transición.
Las últimas etapas del modelo de Kotter se centran en consolidar y mantener los logros alcanzados. La formación en esta fase tiene un doble propósito: medir el impacto y asegurar la continuidad. Esto puede incluir módulos de evaluación de resultados, talleres para celebrar las “victorias tempranas” y programas de onboarding donde los nuevos empleados asimilen los nuevos valores y procesos desde su incorporación.
Incluir la formación en la cultura organizacional garantiza que el cambio no se desvanezca con el tiempo. De este modo, la empresa desarrolla una identidad de aprendizaje continuo, preparada para afrontar transformaciones futuras.
Mapear la formación a los modelos ADKAR y Kotter es el primer paso; el siguiente es diseñar una estrategia curricular que lo haga operativo dentro de la organización. La implementación requiere planificación, análisis y una visión global que combine formación, comunicación y acompañamiento.
Antes de diseñar cualquier programa, es fundamental conocer el punto de partida. Realizar un análisis de necesidades formativas (TNA) o encuestas internas permite identificar en qué fase del modelo ADKAR se encuentra cada grupo de empleados. Así se pueden priorizar esfuerzos: algunos necesitarán trabajar la conciencia o el deseo, mientras que otros requerirán habilidades más técnicas. Este enfoque garantiza que la formación sea relevante y personalizada, evitando una inversión ineficiente.
No todos los empleados viven el cambio con la misma intensidad ni tienen el mismo nivel de impacto. Por eso, la formación debe diseñarse por itinerarios adaptados al rol. Por ejemplo, los mandos intermedios podrían recibir módulos de liderazgo y comunicación, mientras que los equipos operativos se centrarían en habilidades técnicas o en nuevas metodologías de trabajo. Este enfoque segmentado maximiza la transferencia de aprendizaje y la efectividad del programa.
En los programas de cambio organizacional, el formador no es un mero transmisor de contenido. Es un facilitador que guía a los participantes a reflexionar, debatir y poner en práctica nuevas ideas. Debe ser capaz de gestionar resistencias, reforzar la motivación y conectar la formación con los objetivos del negocio. El éxito de estos programas depende tanto del contenido como de la empatía y la credibilidad del formador.
Además, los programas más eficaces suelen combinar sesiones presenciales, talleres prácticos, mentoring y recursos digitales personalizados. Este enfoque mixto ofrece flexibilidad y refuerza el aprendizaje en el puesto de trabajo.
La formación no debería ser la última fase del cambio, sino su punto de partida. Cuando se estructura de forma alineada con modelos como ADKAR y Kotter, se convierte en una herramienta estratégica para garantizar la adopción y sostenibilidad de cualquier transformación. Formar no es solo enseñar: es facilitar que las personas comprendan, participen y lideren el cambio.
Las empresas que diseñan programas de formación bien secuenciados consiguen acelerar la curva de adopción, reducir la resistencia y crear una cultura de aprendizaje continuo. En un entorno donde la transformación es la norma, la capacidad de aprender y adaptarse es el mayor activo de cualquier organización.
Ha llegado el momento de dejar de entender la formación como una respuesta reactiva y comenzar a verla como el motor estratégico que impulsa el cambio. Estructurar el cambio desde la formación es apostar por el futuro de tu empresa y por el desarrollo de las personas que la hacen posible.
Conoce cómo en CEI desarrollamos programas de formación a medida que se adaptan a las necesidades específicas de cada empresa y acompañan cada fase del cambio.
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